
Mis padres no se conocieron en París ni nací durante un vuelo a México. Tampoco tengo apellidos célebres, ni mucho menos ancestros ilustres. Todas son mentiras que me he inventado para darle brillo a mi vida –tan pedestre, tan genérica, tan tapa amarilla ella–. Y menos mal que eran tiempos en que la gente inventaba pasados gloriosos; ahora que la sordidez pega más, habría que inventar otro tipo de historias. Paso.
Me hubiera gustado vivir una aventura del tipo Anna Sorokin, pero siempre he sido un tanto cobarde. Quizás en una vida pasada fui delincuente y le tengo miedo a la cárcel, a que me atrapen en un mal paso, a que me quiten la máscara en público. Es posible que por eso algunas veces me invento la historia de buena muchacha de pueblo, de familia ordenada y serena, la que no mata ni una mosca por temor al qué dirán.
La gente suele preguntarse qué sentido tiene inventarse una historia que todo el mundo va a descubrir que no es cierta, porque la mentira tiene patas cortas, siempre. Lo que parecen olvidar es que hay personas que no pueden vivir sin inventar historias. Que, llegado un momento, ese es precisamente el único sentido de su vida.
También hay quienes piensan que mejor que inventar historias es tratar de vivir a tope. Cuando me di cuenta de eso quise recuperar el tiempo perdido, pero no hay caso, el tiempo es un recurso no renovable. Lo único que puedes hacer es no seguir desperdiciándolo. Aprovechar cada minuto para intentar vivir como te hubiera gustado. Y al final aceptar lo que somos, de dónde venimos, e inaugurar una nueva historia, más personal, ojalá que más luminosa, menos prejuiciosa contra uno mismo y sus propios orígenes.
Y si esa nueva historia puede fundar un mundo con puertas y ventanas hacia rumbos inéditos, ya todo el recorrido habrá valido la pena.





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