Fannydades 2.1

Sobre la belleza de lo intrascendente

Yo envejezco, tú envejeces, nosotros decidimos

Suicidio-edad-fannydades.comCuando alguien decide tomar una de las más extremas decisiones de la que un ser humano es capaz, el resto nos convertimos en supervivientes, y como tal nos sentimos culpables, o avergonzados, o ambos. Incluso si nunca se tuvo el más mínimo vínculo con esa persona, hay una voz que susurra que tú aún sigues aquí mientras el otro ha desaparecido.

Hay otra parte del suicidio que es igualmente chocante. Comprobar que en cada momento y circunstancia el ser humano tiene poder de elegir, incluso si el espectro de opciones es en extremo reducido. Esta decisión pone de manifiesto, además, que hay gente que no ve la vida como un regalo, sino como una pertenencia de la cual tiene derecho a prescindir. Como filosofía y opción me resulta cercano, porque creo que el individuo debe tener abierta toda posibilidad.

Mientras tanto, en los últimos tiempos se ha visto una cierta tendencia al suicidio entre gente mayor de 50 años, aún restringida, pero no sabemos qué giro podría tomar en el futuro. El suicidio de alguien a una edad que hoy llamamos “todavía joven” habla de varios traumas sociales contemporáneos. Se trata de gente que por un lado ve su expectativa de vida alargarse casi hasta el infinito y por otro ve sus opciones encogerse también hasta casi desaparecer. O al menos eso nos han hecho creer.

Es lo que pienso cuando leo que el reportero francés Arnaud Dubus se suicidó en parte debido a su precariedad financiera y a sus escasas posibilidades de realizar un trabajo gratificante. O que varios taxistas de Nueva York han tomado esta decisión al no poder hacer frente a la incertidumbre –laboral, financiera, emocional– generada por la irrupción de nuevas maneras de hacer negocio en el sector.

Un reportaje sobre el tema destacaba que “Un empleo no es simplemente una forma de ganar dinero: por eso, es terriblemente habitual que los trabajadores en los sectores en apuros se suiciden”.

En el caso de los taxistas, no se me ocurre qué podrían hacer o cómo podrían resistir. Cuando pienso en Dubus mi primer impulso es argumentar que tenía decenas de opciones, que podía abrir un blog, reportear por YouTube, enseñar escritura por internet o hasta vender sus textos en fiverr. Claro, ninguna de esas opciones lo sacaría de la precariedad, de la extrema incertidumbre de comenzar de nuevo, quizás una y otra y otra vez. Tampoco le devolverían un pasado en el que los grandes reporteros tenían un nombre y un lugar, especialmente esto último. Había que tener la apertura suficiente para dejar ir el pasado, lo que fue. Reinventarse.

La idea de reinventarse es siempre tramposa. Con frecuencia implica aceptar transarse por menos. Uno de estos días alguien subrayaba que cada vez que le proponen reinventarse en realidad le están proponiendo bajar de categoría.

Porque la reinvención en este caso tropieza con la idea de que somos nuestro trabajo y que con él debemos cambiar el mundo. Dubus consiguió empleo en la embajada francesa de Tailandia, pero para él esto era una degradación de su estatus. No solo los millennials quieren cambiar el mundo y marcar la diferencia; la fantasía comenzó mucho antes. Creo que lo peor de este sentimiento de degradación es la sensación de haber sido incapaz de conservar algo que habías ganado, de haber sido algo que ya no eres. Solo que esta creencia está enraizada en lo que Stephen Covey definió como “derivar la estima personal del trabajo”.

La nueva idea de que debes vivir de tu pasión es otro de los peligros contemporáneos. Por todas partes vemos a alguien que ha logrado monetizar su pasión, es decir, ha logrado convertir en negocio lo que hasta entonces era un hobby. Nada mal como ilusión colectiva, pero totalmente destructiva cuando se usa como rasero.

En el caso particular de la escritura, tenemos suficientes ejemplos de grandes autores que escribieron mientras hacían trabajos monótonos y sin mayor reto. Claro que ninguno de nosotros pretende compararse con Kafka, Faulkner o Butler, o más contemporáneamente con el escritor argentino Enrique Kike Ferrari, que trabaja como limpiador nocturno del metro de Buenos Aires. De la misma manera que ninguno de ellos parece haber considerado que su pasión debía pagarles la renta.

Obviamente, no abogo por mantenerse en un trabajo que odiamos o malgastar los días en oficios que son ajenos a nuestra esencia personal. Ni mucho menos aquello de “si no hacemos lo que amamos, amemos lo que hacemos”. Al contrario. Creo que habría que intentar por todos los medios que nuestra pasión se convierta en fuente financiera, pero si no lo logramos, todavía quedan horizontes.

Así las cosas, parece que ha llegado la hora de los proyectos personales para inspirar la vida de aquellos que no tienen el coraje de tomar la decisión del suicidio a ninguna edad. Sin importar si podemos convertirlos en negocio, o no.

Dubus puede ser cualquiera de nosotros, todavía supervivientes. Y esta reflexión personal es solo especulación y preguntas. Como persona ya en esa edad “todavía joven”, que enfrenta el encogimiento de sus posibilidades, me pregunto cuál debe ser nuestra actitud. Creo que lo primero que nos toca es combatir el prejuicio de edad desde adentro. Todos y cada uno de nosotros somos edadistas, cuando pensamos que la edad es una licencia para dejar de hacer lo que nos hace únicos.

Cuando uno se enfrenta a un panel de jóvenes seguros de su conocimiento mientras lo carcome la duda de si puede estar a su nivel, ya está sumergido en el prejuicio de edad. Cuando uno cree que la estima deriva de su trabajo también está compartiendo prejuicios de una sociedad que nunca fue. Cuando uno cree que a cierta edad ya debería estar instalado en el mundo, está dando por sentado que hay un mundo que permanece estable. Y cuando uno se resiste al cambio está atentando contra cualquier posibilidad.

Como soy una de esas que no tendrá la suficiente fuerza para seguir al maestro Mishima en su grandiosidad de ir al cielo de los jóvenes, no me atrevo a abrirme más que a la opción de siempre tener la capacidad de escoger. Dejo aquí la palabra a los altaneros millennials, que todavía creen que nunca serán víctima del sistema edadista que están creando, y al ejército de adultos, muchos ancianos prematuros, que enfrentan y habrán de enfrentar prejuicios ajenos y propios.

Cada quien tendrá su propia respuesta.

Fanny Díaz
Imagen: Stux de pixabay.com

Fuentes

La magnífica perspectiva de Carl Honoré sobre el edadismo

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Esta entrada fue publicada en julio 31, 2019 por en Actualidad, Popfilosofía salvaje y etiquetada con , , , , , , , , , .
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