“La fe religiosa no es una condición necesaria para el comportamiento moral”.
“Si visitar un templo hace que la gente experimente paz y armonía, es maravilloso. Pero si un templo en concreto provoca violencia y conflictos, ¿para qué lo necesitamos?”.
Yuval Noah Harari, 21 lecciones para el siglo XXI

Vivir en la tierra de los profetas es una constante prueba para la capacidad de sindéresis. Algunas veces la religión puede llegar a ser abrumadora, como cuando alguien particularmente devoto se sienta frente a mí en el tren. Esta vez, una joven mujer casada –cubierta la cabeza, por eso lo sé– que lee Salmos todo el trayecto, mientras yo escucho cualquier música “mundana”. Otras veces encuentras gente que ha decidido mudarse al extremo opuesto, con frecuencia en reacción a la omnipresencia del ritual.
Millones de personas visitan esta tierra para ir a rezar frente a una pared que cualquiera de nosotros puede visitar cuando quiera, si se lo propone. Hasta hay un llamado síndrome de Jerusalén, que suele provocar en un ciudadano normal la ilusión de ser la encarnación de un personaje bíblico. A ese extremo se puede llegar. Le toca a uno encontrar su propio lugar en algún recodo de moderación. Decidir que es posible vivir alrededor de leyendas de milagros sin perder perspectiva de la realidad, ni volverse un escéptico como protección (o rebeldía).
Siempre me han incomodado los extremos. Algo en mi carácter se niega a la contentura que dan las convicciones cerradas. Algunas veces me pregunto si ese afán de moderación no es en verdad un signo de guabineo, como llamamos en Venezuela el no asumir una posición clara.
Pero yo tengo una posición clara, déjame defenderme. Más que disgustarme, me aterran tanto la fe ciega como el escepticismo extremo, rayano en nihilismo, o en cinismo. Me parece que una justa medida de fe y escepticismo nos guía hacia un terreno en el que la ciencia y la racionalidad no están reñidas con el privilegio humano de cultivar su espiritualidad. Porque uno no puede ir por la vida creyendo en todo o no creyendo en nada, que al final implican una misma cosa: la imposibilidad de ver matices, de seguir buscando, de mantenerse curioso.
Para Yuval Noah Harari, el laicismo o secularismo es “una visión del mundo muy positiva y activa, que se define por un código de valores coherente y no por oposición a esta o aquella religión”. El laicismo es básicamente la separación de religión y Estado, uno de los grandes logros de la Ilustración. Mi versión particular del laicismo es, sin embargo, que mis convicciones religiosas son personales, válidas solo para mí, y continuarán siéndolo hasta nuevo aviso.
Vivo en esta tierra de profetas porque en algún momento escogí tener fe, básicamente para mantener mi tendencia autodestructiva bajo control. Sí, un método muy discutible, pero el que mejor me ha funcionado hasta ahora.
Había caído en cuenta de que la vida sin un lado espiritual me era adversa. No me propuse que todo el sentido de mi vida dependiera de esa búsqueda, sino que esta fuera una parte significativa de ella. Quizá soy solo una utilitarista, pero el mundo sin una idea de trascendencia me parecía árido, e incluso poco práctico. La esperanza de milagros tiene sus ventajas, aunque no es muy aconsejable que nuestra supervivencia dependa de esta.
De todas formas, sin necesidad de involucrar Dios, religión o espiritualidad, me parece que ver lo luminoso del mundo moviliza más que quedarse en el lado oscuro. Claro que ver solo la parte luminosa te impide vislumbrar más posibilidades y riquezas. Ahí está el punto de equilibrio. ¿O de guabineo?
Un intelectual sin Dios
Alguna vez alguien me advirtió que “un intelectual no necesita a Dios”. Como no soy una intelectual, me pareció que aquella exhortación no me tocaba. Personalmente creo que nadie necesita a Dios. No hay manera de demostrar la existencia de Dios, como tampoco su inexistencia. Solo aquellos que no pueden encontrar sentido en lo inmediato y luchan por dárselo a través de un tercero, de un concepto, de una abstracción, podrían necesitar la idea de Dios. Soy una de ellos.
También me gusta la belleza del ritual. En ese sentido soy básicamente una esteta. Con mi escogencia, elegí seguir rituales y rodearme de objetos bellos. No entraremos en la disquisición sobre el concepto de belleza. Eso ya lo hizo Platón, y es un tema aparte.
Y sí, creo que Dios es una fragilidad humana, pero eso somos: simple seres humanos. Poco a poco hemos descubierto la física cuántica y la interconexión, o al menos eso nos han dicho. Hemos descubierto que todo es energía. ¿Es posible que nos hayan mentido? Las teorías conspirativas, el escepticismo y el cinismo contemporáneos también se dan la mano.
Con cierta frecuencia todavía escucho esa voz que advierte que todo ritual religioso es juego de poder, que la religión es el opio de los pueblos, que Dios es nuestro gran invento. Yo le contesto una y otra vez que si has escogido creer, entonces Dios es nuestro gran privilegio. Las religiones, la sistematización de la divinidad, las reglas, son otro asunto.
Es cierto que las religiones han servido para sojuzgar, pero también para liberar. Han cohesionado grupos e incluso imperios, lo cual no las hace menos destructivas para quienes no están dentro. Sin embargo, las sociedades en las que se ha matado a Dios no han sido menos crueles que las teocracias. Porque ambas a su manera son extremos.
Cuando todo parece ir mal, cuando todo parece oscuro, cuando todo ha perdido sentido, si nos volteamos a la trascendencia encontraremos un filón de “más allá de la inmediatez”. Eso me salva de mí misma cada día.
Quizá solo hemos venido a pasar por aquí sin más, pero actuar como si fuéramos trascendentes, como si nuestras acciones importaran y tuviéramos la posibilidad de mejorar el mundo con ellas, alivia mucho el camino por este “puente estrecho” que es la vida. No es necesario ser “religioso” para eso, pero de todas formas yo he escogido la belleza del ritual, porque sí.
Notas
* Guabineo: término derivado de guabina, un pez de río muy resbaladizo, difícil de atrapar.
Harari, Yuval Noah, 21 lecciones para el siglo XXI, Debate, Barcelona, 2018.
[Traducción al español un tanto difícil de digerir, con la palabra dicha o dicho hasta tres veces en un mismo párrafo.]





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