
Los rayos de sol mientras en la terraza de enfrente se secan los pañales de un bebé. El ensordecedor cacareo de los cuervos del parque vecino. La calmada actividad de mi calle. Todo va encajando en este rompecabezas que es vivir con uno mismo todo el tiempo.
Algunas veces no me gusta caminar sin rumbo. Prefiero ir al supermercado para ver las caras de los compradores nocturnos. Algún solitario comprando snacks para la película de medianoche, una esposa llevando algo para el desayuno, otro por allá mirando detenidamente las galletas, una mujer escrutando las etiquetas para saber cuántas calorías contiene el producto.
No hay duda, a cierta hora es mejor volver a casa. La casa. Cada cosa en su lugar. Nadie ha cambiado nada. Aquel libro en la esquina. La ropa sucia en la otra. La tele en la cocina (diminutas ambas). El libro de recetas que no se han compartido con nadie. Aquí estoy segura. En la completa soledad entre paredes, sin los ojos del otro, soy completamente libre. Aquí todo es lo que parece. Nada de que quejarse. Cuando mucho, de que mis productos preferidos vienen solamente en empaques gigantes.
En la mañana estuve en la plaza, una de las tantas, no mi preferida, porque a esas horas suele haber demasiada gente. Una vez estuve en la calle sin tener adónde ir. Otra vez dormí en la parte trasera de un edificio por temor a molestar a mi casera. Hay personas, sin embargo, para quienes la plaza es el hogar. Plaza es una palabra de muchas acepciones: simplemente «lugar» o simplemente un sitio «ancho y espacioso dentro de un poblado, al que suelen afluir varias calles». La muchacha que se empeña en llamarme tía, porque llama así a gente desconocida que ve con cierta frecuencia, creció entre los árboles de la plaza y sus bancos. Atraviesa la ciudad pero al final del día siempre regresa a su lugar. Un hogar no son cuatro paredes, aunque ella daría cualquier cosa por una noche en un espacio así. Como en una tarjeta de Hallmark, «Casa es donde está tu corazón». Su corazón está en la plaza.
Llueve tan fuerte que no se ve la montaña. En días como este me siento contenta de tener un lugar donde acurrucarme mientras escucho el agua caer y doy gracias por no tener que enfrentar la calle. Que llueva que llueva la vieja está en la cueva los pajaritos cantan y la vieja se levanta.
Mientras espero el calzone para llevar,
el susurro del joven religioso, las pequeñas páginas pasando una tras otra.
Sentada allí tuve envidia de una fe capaz de sostenerte incluso un domingo en la tarde.
Por Fanny Díaz
Ilustraciones generadas con IA de Canva.com





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