
Caminé despacio por las calles llenas de gente extranjera sintiéndome en casa.
Imagina que después de más de una década de vivir en un país donde tu lengua materna no es el idioma del día a día, donde para sentirte en casa tienes que ir a eventos especiales, imagínate, digo, que llegas a un lugar en el que todo está en esa lengua. La gente se dirige a ti sin dudarlo (casi) en la misma lengua que hablaste con tus abuelos y padres y todo a tu alrededor te es familiar solo porque está en esa lengua.
Al bajarte del avión tu primera impresión es: mira tú, todo está en español. No es una extrañeza, es más bien un asombro que no puedes dominar. Es lógico que si llegas a España todo estará en español (o castellano, vamos a decir). Esto es claro, a razón sabida. Pero a razón sentida todo parece una maravillosa alucinación. Cada sí, cada frase, parecen pequeños milagros. Miras a tu alrededor y entiendes todo de una sola ojeada. Tienes ganas de preguntar idioteces por no dejar, solo para corroborar que entiendes y te entienden.
Y hay libros en español… Montones de libros. Librerías grandes y pequeñas, de viejo o que huelen a tinta recién salida, y una enorme feria del libro que recorres con tu buena amiga que sabe de letras, hasta llegar a un estand de libros nacidos en Venezuela. Reconoces autores antes de leer los nombres completos. Sonríes y hablas en caraqueño. Durante unos minutos te mueves por aquel espacio como quien recorre la casa de la infancia.
Así descubro que llevo años viviendo dentro de una traducción. Y no es que no me gusten las traducciones, sino que a veces no tienen el mismo sabor que los originales.
Por unos días dejé de traducirme, de explicarme, de aclarar de dónde vengo.
Madrid me devolvió una evidencia que se había vuelto silenciosa con el tiempo, un tanto adormecida por otras lenguas:
Pienso en español.
Sueño en español.
Percibo matices en español.
Soy una mirona en español.
Mi sensibilidad literaria nació en español.
Tengo una casa que llevo conmigo a donde quiera que vaya.
Más que en el nombre del Padre, creía en la lengua materna. Que una criatura fuese capaz de balbucear cualquier idioma se le antojaba un milagro terrenal.
Andrés Neuman, Hasta que empieza a brillar
Por Fanny Díaz





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