Como hijo de un famoso entrenador de béisbol, el diamante había sido casi el único patio de juegos de mi amigo Sancho. Quienes lo vieron brillar desde niño entre bates y uniformes estaban seguros de un promisorio futuro. Sancho era el más digno vástago que padre alguno podría soñar. Hasta que llegó la rebeldía de la adolescencia.

La primera acción redentora había sido renunciar a la liga de los Criollitos. Luego, llegado el tiempo de decidir qué estudiar en la universidad, escogió Filosofía. Su padre, paciente mentor de innumerables adolescentes, lo vio abandonar la tradición familiar sin resentimiento, y de sus proezas infantiles guardó para la memoria trofeos, medallas y fotos. Sancho se había emancipado. Ya nunca más tendría que levantarse un sábado de madrugada para ir a golpear una pelota.

En la universidad su amor por la sabiduría reveló la misma pasión que había puesto en el campo de juego. Era rápido en la argumentación y puntilloso en las fuentes. Una vez más, todos le auguraron el mejor destino posible. Y así fue por algún tiempo, dentro de lo que cabe en el volátil mundo del trabajo intelectual: libros, ensayos, artículos, entrevistas de opinión, en todas partes brillaba la certera puntería de nuestro expelotero.

Los viajes y las invitaciones al extranjero no se hicieron esperar. Precisamente en una de esas salidas conoció a la mujer de sus sueños, o mejor dicho, a una mujer que ni en sueños había esperado que se fijara en él. Aunque siempre se le vio bien acompañado, aquella valquiria era capítulo aparte. Algún influjo secreto, algún antiguo hechizo imposible de contrarrestar con la razón, lo empujó a empacar maletas y emprender una nueva vida en Dinamarca.

Aunque durante un tiempo no le importó realizar los trabajos destinados a los recién llegados, rápidamente había tenido que entender que no es lo mismo ser un conferencista invitado para hablar de ideas, que un nuevo inmigrante que no sabe hacer otra cosa que hablar de ideas. Pero fregar platos, dar alguna clasecita de español o pasear perros no proporcionaba el ingreso para que un amor como aquel prosperara.

Uno de esos días en que lo único que puede hacerse es aguzar los sentidos con la esperanza de percibir alguna señal, por más racional que uno se crea, escuchó la noticia sobre la creación de una liga infantil nacional de béisbol. Parecía una broma: béisbol en danés. Viva la gringada global, pensó. Solicitaban candidatos con buen conocimiento del deporte para formarse como entrenadores.

Sancho recordó sus largas horas de entrenamiento luego de la escuela, la voz de su padre levantándolo los sábados de madrugada para ir a «jugar», recordó también los trofeos y medallas, y olvidó su rebeldía de adolescente. Al día siguiente se presentó a la entrevista con apenas unas fotos que había traído «por si acaso» y la confianza que dan los genes de al menos tres generaciones dedicadas al béisbol profesional. No había mucha competencia, de más está decirlo. Habrá caribeños en todas partes, pero no muchos que hayan tenido un padre y un abuelo como los suyos. De allí salió con una nueva credencial y la promesa de una cuenta de banco decente.

La última vez que nos vimos era entrenador jefe de una versión danesa de los Criollitos. Con madera de ganador, como siempre, había logrado subir los peldaños necesarios para dejar atrás los trabajos mugrientos, asegurarse una vejez relajada y además guardar su cerebro para mejores tareas. «Tanto nadá pa’ morí en la orilla», le dije en broma.

«Simplemente pertenecemos, por mucho que huyamos», contestó, con la inflexión filosófica que no podrá ya abandonar. No es que el buen hijo vuelve a casa; es más bien que nunca parte, aunque no nos enteremos sino bastante tiempo después.

Por Fanny Díaz

Si habláramos de biografías, no sería yo un personaje estimulante, a menos que el aburrimiento se convirtiera en algo extraordinario para próximas generaciones.

Silda Cordoliani, «Cuento en blanco»


Ilustraciones generadas con IA de Canva.com

Una respuesta a «De jonrón en jonrón»

  1. El texto muestra cómo podemos alejarnos de nuestras raíces buscando otros caminos, pero algunas pasiones permanecen dentro de nosotros. La historia de Sancho enseña que, tarde o temprano, podemos reencontrarnos con aquello que realmente forma parte de nuestra identidad.

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