Fannydades ~ Blogzine mensual

Sobre lo intrascendente

Como cuando no entiendes ni papa

Como cuando no entiendes ni papa, Fannydades

Hay días en que todo el mundo allá afuera me parece raro. Este planeta está lleno de frikis y se me hace que soy uno de los pocos seres normales, aunque, claro está, las apariencias pueden engañar.

Esa señora gorda que no quiere moverse para que me siente no puede ser normal. O quizás realmente le cuesta moverse. ¿Está mal llamar gordo a alguien o todavía está permitido? Mejor será no detenerse en su aspecto físico. Vamos a decir que, por alguna razón desconocida, que posiblemente no tenga que ver con su condición física, o quizás sí, ¿quién sabe?, ella no se mueve. Yo, con la actitud más convencional del mundo, insisto en que quiero sentarme del lado de la ventana, que está vacío. Ella sigue sin moverse y sin darme paso. Al final entiendo que no quiere o no puede moverse y me «comporto», como dirían mis tías. Comienzo mi día en otro asiento, no del lado de la ventana, qué más da, pero al menos en compañía de las buenas enseñanzas caseras.

Durante dos años anduvimos con las caras tapadas, siguiendo las reglas sin saber si realmente servía para algo, camuflando el miedo, ahogados. Todavía algunas personas insisten en seguir llevando las máscaras. No me parece normal. Y menos aún quitársela para desayunar en el tren, así sea un pastelito frío. Aún no he logrado descubrir por qué comer en público fuera de ciertos lugares específicos me sigue pareciendo una falta de pudor, casi como exponer la intimidad sin ton ni son frente a un montón de desconocidos. Una rareza.

Esa mujer que limpia las calles con su larguísimo vestido verde manzana tampoco tiene pinta de ser muy normal. Apenas empieza el día y el vestido ya parece pedir auxilio de trabajo tan pesado. Y aquella niña que chilla y no para de hablar una lengua que solo su madre entiende merece una clasificación aparte.

El único ser que parece normal esta mañana es el barista que sirve el café con un corazón de leche perfecto en medio del vaso que pronto sorberé con deleite (el corazón del barista y el café).

Y así… Me los encuentro en todas partes. Esos días son lentos, a ratos un tanto agónicos. Muy agotadores, porque el mundo aparece como un lugar desconocido y por eso casi inhóspito.

Como no soy una friki, me dedico a cosas más provechosas. Hoy aprendí a construir una frase con tres adjetivos. Una frase maravillosa, para hacer buen uso de un adjetivo. La encontré en un texto de una escritora israelí y ahora quiero usar adjetivos, porque no hay un jefe de redacción al que tenga que consultar para usarlos.

«Mujeres soldados alegres subieron al autobús. “Semadar, Semadar”, llamaron a una que todavía estaba abajo comprando algo a un pequeño buhonero. Hermosas, adultas, reidoras».

Amalia Kahana-Carmon, «Velo de novia»

Cuando llego al edificio donde vivo, una muchacha jovencísima de minifalda floreada y una blusita que no combinan para nada sube conmigo. Bonita, fresca, sonriente. Es mi nueva vecina, a la que nunca había visto. Alguien que no malgasta el tiempo, como lo hago yo, intentando combinaciones y estilos. Definitivamente, alguien raro en esta era de instagrameo.

Abro la puerta de mi casa. Qué bueno llegar a un lugar donde no hay nada extraño. Muy corriente todo, incluso acogedor. Podría decirse que ahí vive una de las pocas personas normales de este planeta.

Fanny Díaz

Corrección de texto:
Alicia Martínez-Roughton

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Esta entrada fue publicada en junio 30, 2022 por en Cotidianidad y etiquetada con , , , , , , .
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