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Sobre lo intrascendente

Retrato de familia con leones (2/3)

Para cuando yo nací, todo en el pueblo parecía tener un lugar. Especialmente las familias, que habían sido casi las mismas generación tras generación. No había orillas, ni suburbios, y las pocas casas fuera de la ley del orden eran más una anécdota que una norma. Alguna vez escuché decir que allí todos eran “acomodados”. En el momento no entendí la expresión, porque para mí sin duda todos parecían sentirse cómodos.

La verdad, sin embargo, es que había distintos tipos de familias. Estaban las fundadoras, las ilustres, las acomodadas y algunas otras que encarnaban todos esos estatus juntos. Supongo que también había familias que no entraban en esas categorías, pero esa es otra historia, de la que obviamente no formé parte.

Nunca supe cómo la mía, campesinos dueños de tierras –que no terratenientes–, había logrado alcanzar el estatus de ilustre. Vivíamos en una casa vieja sin mayores comodidades, que no parecía haber conocido mejores tiempos, aunque había logrado enfrentar los años sin que nada en ella cambiara. Pensándolo bien, quizás en ese no cambiar estaba nuestro verdadero estatus.

Mi tía mayor escribía en las publicaciones especiales para los aniversarios del pueblo, mis tías menores eran invitadas a la mayoría de las grandes fiestas, mis primas bonitas eran reinas de las ferias, y así la vida seguía su curso cómodo. Sin mayores triunfos ni caídas. Solo una cosa nunca se nos fue concedida: la presidencia del Club de Leones.

No recuerdo que esto haya sido un objeto de debate puertas adentro. Era un hecho. Solo las familias con todos los estatus juntos accedían a ese sitial (o al menos es lo que recuerdo desde aquí). Lo más probable es que a mi abuelo, el poeta ganadero, y a mis tíos la idea de una reunión de directiva de club les pareciera una mundanidad impropia para quienes acostumbran a aprovechar el tiempo entre faena y faena.

Esto fue lo primero que cambió con la llegada del nuevo tío forastero. Sí, cada cosa estaba tan en su lugar que incluso se usaba esta palabra para referirse a cualquiera que no fuera de allí. Desde el principio el nuevo tío quiso ser parte de la vida social del pueblo y convertirse en miembro destacado de la sociedad valleguanapense. El estudiado bajo perfil de nuestra familia le pareció una innecesaria constricción e incluso una impostura. Ignoraba las reglas no escritas, o no le importaban. O a lo mejor al venir de afuera sabía algo que nuestro limitado conocimiento del mundo no alcanzaba. Quizás más bien esto último.

Decidido a ir por la vida como mejor le parecía, una vez instalado en el pueblo con su nueva esposa, mi tía la dama exquisita, su primera acción fue lanzarse de candidato a la presidencia del Club de Leones. Creo que todos temimos el gran fracaso, algo que hubiera sido intolerable para un ilustre; una mancha en nuestro historial simple y siempre comedido. Pero mi nuevo tío no sabía de razones. No entendía por qué había que conformarse con lo que nos toca, o darse por vencido antes de intentarlo.

Jamás me enteré de los detalles de cómo logró conseguir la elusiva presidencia, o a lo mejor no era tan difícil, solo que nunca antes nadie en la familia había aspirado al puesto. Estoy casi segura de que a mi familia en verdad no le interesaban los ires y venires de ningún club, por muy prestigioso que este fuera, puesto que ella en sí misma era un club de acceso restringido, con sus propias obras sociales incluidas.

Esta sería apenas la primera de las campañas de mi ya no tan nuevo tío, cada vez más ilustre y menos forastero. No creo que la presidencia del Club de Leones haya cambiado mucho la vida familiar pero me parece que cambió bastante la manera como veíamos a los recién llegados. Y para mí, fue la primera señal de que algo estaba cambiando en mi casa y en la vida cómoda de aquel pueblo.

No mucho tiempo después llegó la hora de ir a la universidad, de encontrar nuevas historias, de escuchar nuevas lenguas, de ir desacomodándose una y otra vez. Nunca más volví a oír hablar del Club de Leones de Valle Guanape, ni de su presidencia, y creo que siempre asumí que los Leones solo eran reales en mi pueblo natal. Hasta ese día que vi, en el stand de libros usados, la pancarta que anunciaba que aquella era otra obra del Club de Leones de Israel.

Tras tanto tiempo de no estar al día de los pequeños dramas y triunfos de mi primera casa, todo se vuelve una mezcla nebulosa de memorias que algunas veces no sé a qué parte de mi vida pertenecen. Con la sensación de que quizá nunca llegaré a conocer las profundidades de Israel, mi nuevo lugar, pero tampoco podré ya pertenecer al que dejé, aparece una duda que paradójicamente aligera la incertidumbre: quién sabe qué cantidad de obviedades vamos a morir sin saber. Por lo menos ya sé que el Club de Leones sigue siendo tan real como lo era en mi niñez.

Tenían que pasar todos estos años de desacomodo para recordar esta historia de familia, que en verdad es el relato de cómo la memoria hace trampas y trae recuerdos de no se sabe dónde.

Por Fanny Díaz

2 comentarios el “Retrato de familia con leones (2/3)

  1. nataliadonate
    febrero 14, 2021

    Suena muy interesante el tío

    • Fanny Díaz
      febrero 15, 2021

      Este tío sigue siendo un ser único con una capacidad de reinvención sin igual. ¡Gracias por tu visita Natalia Donate!

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Esta entrada fue publicada en enero 31, 2021 por en Familia y etiquetada con , , , , , , , .
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