Aunque “no se nota”, como dicen con frecuencia quienes recién me conocen, soy creyente en una fuerza superior (póngale usted el nombre que quiera) y una judía practicante de esas que rezan todos los días, no prenden la luz ni viajan en Shabat y van a la sinagoga con cierta asiduidad.
Pero soy también una hija de la modernidad, esa racionalidad que separó las esferas de la religión y el Estado, e hizo al individuo responsable de sus creencias y prácticas. Incluso en un país como Israel, nacido de una identidad étnica-religiosa, si existe algo así, creo en la responsabilidad individual frente a las creencias y prácticas religiosas. De manera que nuestra postura ante el bien colectivo no puede basarse en nuestras escogencias religiosas privadas. Es decir, si a alguien le parece que Dios nos ha mandado un virus global para que haya un arrepentimiento (teshuvá) masivo, y por esta razón se cree exento de usar guantes en el trabajo o irrespetar el número de personas permitidas en una reunión, no voy a darle la “razón”.
“Dios no espera de nosotros guantes y tapabocas sino teshuvá” no es un argumento válido para escabullir obligaciones, básicamente porque nadie sabe lo que Dios espera de nosotros a la luz de determinado hecho. (Y de paso, qué manera tan fácil de rehuir nuestra responsabilidad como especie, poniendo en una fuerza superior las causas de una pandemia global.) Nadie puede leer el pensamiento de Dios, ni siquiera nuestros más grandes sabios, quienes nunca se arrogaron ese poder.
Si crees firmemente que sabes las causas de lo que estamos viviendo, compórtate como si el futuro del mundo dependiera de ti. La manera en que un individuo creyente se relacione con el otro es definitivamente un asunto colectivo.
Yo, sin embargo, creo que no sabemos ni podremos saber por qué estamos viviendo esto. Cuando máximo podemos interpretarlo a la luz de nuestras creencias… individuales. Podemos sacar lecciones, podemos asignarle simbolismos, podemos incluso dar gracias a ese poder superior por resguardarnos, pero debemos estar conscientes de que todo eso no solo pertenece al ámbito del pensamiento especulativo, sino también a la esfera de las creencias privadas.
La fe no nos exime de seguir las reglas del colectivo o nos da licencia para infringir leyes que potencialmente puedan dañar al otro, ni mucho menos esperar que los demás actúen según nuestra interpretación personal de los hechos. Al contrario, debería hacernos más responsables y respetuosos de los demás, porque cada “religioso” es un embajador de la fe en tiempos de incertidumbre.
Hay momentos históricos que ya no podremos ignorar aunque lo intentemos; el pensamiento de la modernidad es uno de ellos. No pequemos de irresponsables modernillos.
En el siglo XXI, religión sin racionalidad es, cuando mucho, imposición que puede llegar a convertirse en terrorismo, o simplemente capricho (individual y muy individualista).
Pd. ¿Un consejo personal? Quédate en casa y disfrútalo.
Por Fanny Díaz
Imagen: «No corones, quédate en casa»,
Sabas Monzón Martell,
artista plástico venezolano






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