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Escritos Ciudad Levedades

El poder de una palabra

Desde hace un buen tiempo tengo como único ritual de año nuevo gregoriano escoger una palabra que me acompañará a lo largo de los próximos 365 días. No es en lo absoluto un amuleto ni un sortilegio de buena suerte, sino un compromiso de disciplina conmigo misma, que en el fondo es una de las mejores protecciones que cualquier persona pueda tener.

La ‘palabra del año’ debe establecer una actitud que se quisiera tener (y si uno cumple con el compromiso, tendrá) durante ese período. El ejercicio inicia unos días antes de finalizar el año o al apenas comenzar éste, pero también puede hacerse en otro momento, porque cualquier fecha es propicia para acercarse a lo que nos gustaría ser. Primero uno piensa las cosas que quiere dejar atrás y aquellas por las que quisiera sustituirlas. Sería muy aconsejable que por lo menos durante este tiempo tuviera conciencia de esas ‘zonas de sombra’ que por lo general permanecen a buen resguardo de la autocrítica. Hay que poner sobre la mesa todas las cartas, en particular las que llevamos escondidas bajo la manga.

La primera vez que se intenta parece un ejercicio inocuo, pero si se lo toma en serio, puede llegar a cambiar la manera en que uno va por la vida. Cada vez que lo he hecho lo que más me sorprende es la dificultad para establecer prioridades. No sé si es un asunto personal, o si la mayoría de las personas sufren del mismo mal, lo cierto es que decidir dónde quiero ‘poner el dedo’ en los próximos meses es quizás la parte más difícil de todo. Es probable que esa renuencia a centrarse en lo esencial sea precisamente la mejor razón para intentarlo; poder reconocer lo que llaman por ahí la ‘resistencia al cambio’. Algo sí es definitivo: esta práctica no es para quienes creen que la perfección les pertenece, sino para quienes creemos que estamos aquí para aprender y cambiar, ¿o más bien aprender a cambiar?

A lo largo de estos años he escogido palabras como disciplina, amabilidad, puntualidad y alegría. No siempre he logrado cambios sustantivos, pero tener conciencia de los ‘talones de Aquiles’ no es poca cosa.

¿Cuál es la diferencia entre esto y los ‘propósitos de año nuevo’? Básicamente, la ‘palabra del año’ no es una lista de deseos ni de cosas por hacer, ni exige un plan de acción, excepto la claridad de lo que quisiéramos lograr y la intención. Por eso es tan poderosa, porque esa medida básica del pensamiento que es una palabra, se conecta con nuestros niveles más primarios. Hay pocas cosas tan elementales como una palabra, limpia, transparente, al grano.

Una vez que se ha escogido la palabra como guía de acción para los próximos meses, no hay manera de ‘echarse para atrás’. Porque la intención de la palabra se queda ahí, dando vueltas; cuando uno menos lo espera aparece una vocecita que te lo recuerda. No es que el cómo y el porqué sobren, sino que no son imprescindibles, puesto que la ‘palabra del año’ no nace de una obligación (debería bajar de peso, debería aprender a ser puntual, debería…), sino de un deseo claro y simple de cambiar algo que no nos resulta del todo satisfactorio. Por eso es más eficiente que las resoluciones de año nuevo, que por ser una lista de tareas terminan engavetadas a la menor excusa.

Sería simpático anotar nuestra palabra y ponerla es un lugar visible, pero francamente no es necesaria tanta parafernalia. Por supuesto, aunque la intención de la palabra quede ‘plantada’ en uno, no estaría de más ocuparse de recordarla y de recordar la razón por la que en primer lugar decidimos iniciar el ejercicio. En mi caso particular, lo que más me atrae de esto es tomar conciencia del poder de la palabra y del lenguaje en general. Tanto, que decidí iniciar este año con este inusitado recuento de mi ritual, no porque quiera convertirme en la Christine Kane venezolana (que por lo demás no me desagradaría en lo más mínimo), sino porque después de todo, el lenguaje es el nexo entre mis lectores y yo.

Es posible que la ‘palabra del año’ no nos lleve al cambio que soñamos en aquel momento, pero aun así la intención nos acompañará a lo largo de los meses por venir, y como dije antes, eso es ya bastante. Como ganancia adicional, puede que esa palabra además nos ayude a estirar el estado de ánimo hasta cierto punto introspectivo que inevitablemente nos acompaña cuando el año termina y otro se asoma prístino, cargado de promesas.

Fanny Díaz

Mi palabra del año

Y tú, ¿ya escogiste tu palabra del año?

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Esta entrada fue publicada el enero 2, 2012 por en Uncategorized.
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