Crónica íntima de días en que llovían misiles y el insomnio se hizo colectivo
Rehovot, Israel, junio 2025
Durante los ataques de Irán a Israel en junio de 2025, pasé varias madrugadas en refugios antibombas. Este es el breve diario de esas madrugadas. Una forma de no perderme en el desánimo.

Escuchamos un estruendo espantoso, y luego el ruido de los cristales cayendo a nuestro alrededor y el olor a humo. Estábamos en las escaleras, porque los apartamentos del viejo edificio donde vivo no tienen cuarto de seguridad ni refugio. Era la primera madrugada y aún no sabíamos que esta vez los misiles destruyen, no solo el lugar donde caen, sino también los alrededores.
Al volver a nuestras casas, vivimos una nueva conmoción. Las ventanas de los apartamentos habían caído al suelo, afortunadamente hacia afuera, hacia la calle, donde en ese momento no había nadie, porque cuando suena la sirena todo el mundo corre a algún lugar donde pueda encontrarse (quizás) a salvo. Luego volvimos a los pasillos, con movimientos zombies, posiblemente para confirmar que estábamos juntos en este nuevo trance.
Recibir un mensaje de alerta en el teléfono, escuchar el sonido penetrante de la sirena, que lo satura todo, y correr al refugio se han convertido en nuestro día a día. Esta vez el Comando del Frente Doméstico (פיקוד העורף, Pikud HaOref) diseñó un nuevo sonido para las alertas, que rompe el silencio de la madrugada –cuando ocurren la mayoría de los ataques–, para que nadie pueda siquiera poner en duda la necesidad de salir, o quedarse dormido. De todas maneras, ¿quién puede dormir profundamente?
Mi vecina y yo nos pusimos de acuerdo para ir juntas a un refugio público cercano. Me siento agradecida de no tener que correr sola. Volver a casa, tener casa, sigue siendo una bendición. Hay muchos que las han perdido.
Siento que alguna fuerza que había logrado recobrar desde el 7 de octubre de 2023 se resquebraja con cada sirena, con cada noticia de destrucción, con cada pérdida. «Se ha perdido el trabajo de toda una vida de los científicos del Instituto Weizmann», se escucha el lamento a lo largo de la ciudad donde vivo. Me cuesta comer, y dormir es casi imposible.
Esta madrugada en el refugio pensé que me iba a echar a llorar. El cansancio y la falta de apetito toman cuerpo. Los veo moverse frente a mí y llevarse la cordura. A mi lado había una señora rusa con dos perritos que ya forman parte de la familia en la que nos hemos ido convirtiendo esta semana de carreras y refugio. Uno de los perritos se acercó y me dio varios besitos, como si hubiera percibido que yo necesitaba cariño o apoyo, o algo, que necesitaba algo que ni yo misma sé qué es. Por una fracción de segundo me sentí ligera. Quizás, solo quizás, claro, ese era el lugar donde debía estar y todo lo que necesitaba.
Lo peor son las madrugadas. Esa es la hora de las sirenas. Hoy hubo dos. Aparentemente sin daños graves. La gente que se «reúne» en el refugio es muy ocurrente y saluda con un «bienvenidas a nuestro club». Claro que, como Groucho Marx, desconfío de un club en el que dejen entrar a gente como yo.
Escuchamos estallidos cercanos, pero no tanto como para ser en nuestra ciudad. «Quizás Rishon Lezion o Nes Ziona». «Es una ruleta», comentan. Nunca sabes cuándo te va a tocar. A la pequeña ciudad donde vivo le tocó temprano. Esperamos que ya no se repita.
El mundo habla de una tercera guerra mundial. Occidente contra la oscuridad. Como si Israel fuera totalmente occidental, me digo. ¿Qué es en verdad Occidente?, me pregunto.
Alto al fuego. Aparentemente la tercera guerra mundial ha sido desarticulada por poderosos que juegan a héroes y dioses. Los demás, todavía temblorosos, nos miramos al espejo para encontrar algún vestigio de luz en nosotros mismos. Alrededor aún hay sombras, a pesar de la famosa resiliencia israelí. Jutzpá y resiliencia. Esto también pasará. Nosotros también pasaremos.
Una nueva sirena. Esta vez son los hutíes de Yemen. Seguimos aquí. En español y en hebreo se dice ‘marioneta’, no puppet, me repito a mí misma, porque en medio de tantas carreras se me comienzan a olvidar las palabras. Quizás lo único que nos queda es eso: seguir aquí. Hasta que pase. O hasta que pasemos.
Por Fanny Díaz
Hay lugares que nadie elige y sin embargo nos cambian.
Fotografía: nuevo refugio público en la ciudad de Rehovot (©Fanny Díaz).
Ilustración: generada con IA de canva.com.






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