
Una tarde, al final de este invierno sin grandilocuencias, tan leve que algunas veces parece más bien un caballero que no desea incomodar a los de casa, trajeron al pueblo un cerro de algo que dicen es nieve. El alcalde asegura que viene del monte Hermón, al norte del país, y todos queremos creer que es verdad, aunque en el fondo nos preguntemos si ese cerro blanco que poco a poco se confunde con el barro no es en verdad hielo manufacturado en alguna fábrica cercana.
Como si emergiera del cofre del gigante gitano, nuestro hielo parece despertar el mismo temor y júbilo que sintió José Arcadio Buendía cuando extendió la mano hacia el témpano. La algarabía de los niños que no han podido pagarse un viaje al norte, o un fin de semana en una estación de esquí francesa, logra trazar una sonrisa en los adultos. Aun así, es imposible no preguntarse qué fantasía encarna aquella masa blanca. ¿Qué sueño remoto, qué fetichismo impulsa al gigante local a traernos hielo para que nuestro leve invierno se vista de alguna gloria?
La sola idea de llevar nieve de un lugar a otro es un tanto absurda y populista, porque precisamente parte de la belleza de la nieve es su fugacidad. Pero la posibilidad de hacerlo es en sí misma un triunfo de la tecnología y la tenacidad humana. Tan lejos que parecemos estar de aquella otra tarde, ahora que el mundo no es tan reciente, y todavía ese relámpago blanco nos provoca una admiración prístina. Me gusta sentir que el espíritu humano es universal. (Y, aunque nos pese, también lo son los políticos.)
Por Fanny Díaz
«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo».
Gabriel García Márquez, Cien años de soledad






Deja un comentario