Mientras repasaba diferentes épocas de la literatura israelí la entusiasta librera recomendaba títulos y autores, visiblemente orgullosa de su tradición literaria, hasta que llegó al estante de Amos Oz. Entonces, con un gesto despreciativo que emulaba al que uno hace cuando aparta un montón de cosas, dijo: “Este no. Este es un maltratador de niños”. Con esas palabras la cultura de la cancelación anulaba la obra de uno de los grandes nombres de la literatura israelí, sino universal.
Quizás desde siempre ha sido motivo de discusión si podemos separar la obra del autor, y hasta dónde la obra puede “defenderse” sola. Nos preguntamos si debería importarnos el ser humano que está detrás. Y más aún, hasta qué punto es intocable la historia personal de un creador. Lo grave es que estas preguntas, siempre válidas, estas dudas metódicas, por llamarlas de alguna forma, también han sido canceladas. Sustituidas por la certidumbre de los juicios sumarios colectivos, una suerte de linchamiento que no repara en matices.
A principios de 2021 la escritora Galia Oz, segunda hija de Amos Oz, publicó la autobiografía Algo disfrazado como amor, en la que relata los severos maltratos psicológicos y corporales que recibió de su padre en la niñez. Siguiendo el acuerdo tácito de nuestros tiempos, hemos de creer a la víctima. Pero no estaría de más un poco de comedimiento, especialmente cuando el acusado ya no está entre nosotros para afirmar o defenderse, o rendir cuentas.
Tampoco habría que ignorar los peligros de estos recuentos del pasado. Inevitablemente interpretamos lo vivido desde nuestra perspectiva actual. Es humano. Es nuestra forma de conocer: definir algo desde las referencias del presente.
Una historia de castigos
Sin duda, una de las cosas que han mejorado en las últimas décadas es que el castigo corporal sea ya inaceptable. Pero sabemos que en el pasado era una práctica común. Casi toda la gente nacida antes de los 2000 de una u otra manera fue víctima del abuso de padres y parientes que creían en la efectividad de ese tipo de castigo que hoy llamamos maltrato corporal. No es una justificación; es una descripción del pasado. Probablemente en algunos lugares todavía es aceptable, pero esa es otra discusión.
No digo que este sea el caso de la hija de Amos Oz, porque los castigos que detalla van más allá del maltrato corporal y bien pueden considerarse, como lo define ella, “sadismo”. Lejos, muy lejos, de la famosa chancla o chola de los padres latinos. En su libro Una historia de amor y oscuridad Oz el padre cuenta sobre un azote que le dio su propio padre con una correa, el cual le produjo terribles heridas en la espalda. Digamos que, cuando menos, había referencias de lo que significa abuso corporal, y de cuán inaceptable tendría que haber sido en cualquier época. A pesar de todas estas consideraciones, en vista de que una de las partes no puede responder a las acusaciones, es necesario ser más cautelosos.
En muchos casos el problema viene, desde mi punto de vista, cuando “editamos” el pasado basándonos en estándares actuales. Cuando, en lugar de dejar sentado que las maneras de seducir de Pepe Le Pew son inadmisibles en nuestro tiempo, decidimos que hay que eliminarlo. En ese caso estamos intentando que el pasado se ajuste a nuestros parámetros actuales. Un ejercicio no solo inútil, sino que además empobrece nuestras referencias.
Y peor aún cuando decidimos aplicar ese recién descubierto poder de editar el pasado a legados tan importantes como el de Amos Oz. Quizás sea inevitable que de ahora en adelante miremos su obra de otra manera, pero ¿cancelarla…? ¿No estaremos yendo demasiado lejos con esta nueva varita mágica?
Por Fanny Díaz






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