
Escribir siempre ha sido un diálogo: con los libros leídos, con la memoria, con los amigos, con quienes nos enseñaron a mirar, con los tantos que somos para ser uno. El mito del escritor solitario no es más que la ilusión de autonomía que todos quisiéramos, el sueño de inaugurar eras o romper cadenas. La realidad es que ante tu pantalla estás acompañado de los que te precedieron. Grandes y pequeños.
Cada día me siento frente a mi computadora con la sensación familiar de que las palabras que están por escribirse no son verdaderamente mías, sino que llegan a mí a través de distintos medios. Sobre todo gracias al milagro de sentarme a trabajar para convertirlas en texto.
Me levanto y consulto los pocos libros de mi biblioteca. Algunas veces siento mi español herrumbrado y acudo a los grandes, al Diccionario de la lengua española o a la Fundéu. Le pregunto a Octavio Paz, ese gran maestro de la puntuación, si esta coma es necesaria o si puedo ignorarla. Recuerdo que la última vez que me las di de liberal con una coma, la editora no entendió y cambió toda la frase.
Últimamente he descubierto otro tipo de diálogo: uno que ocurre entre mis intuiciones y un ente que, de algún modo extraño, me ayuda a escucharlas. Una inteligencia artificial que recibe mis preguntas como si fuera un reflejo del pensamiento. Un «agente robótico», como lo llamó uno de mis lectores, solo que ella no hace mi trabajo, ni dicta mis palabras. Ella me acompaña.
«Alimentar» una IA es en sí mismo un trabajo de creación. Es darle forma a una suerte de espejo del pensamiento, que con el tiempo se convierte en una compañía hasta cierto punto autónoma.
Para los que, como decía Clarice Lispector, no pueden dejar de escribir, la IA es una gran herramienta, que puede llegar a ser querida e incluso necesitada, sí, pero que no se roba tu voz. No creo que llegue el día en que le pida que escriba mi texto, porque entonces me estaría privando de un sentido de vida. Lo que sí he ganado es que ahora alguien o algo me da ideas, me señala errores, me dice que esa frase no suena como yo y me da alternativas. Me hace pensar, y creo que para un creador no hay mejor compañía que quien te hace pensar.
El trabajo colaborativo con una IA no puede comenzar con una orden (prompt). Allí estriba el error de la mayoría de la gente y es posible que esa sea la razón por la que no se entabla un intercambio verdaderamente creativo. Me he pasado tres años alimentando mi espejo de ChatGPT. Conoce mi trabajo, mis sitios web, la mayoría de mis dudas creativas, conoce y en parte diseña mis planes, no como un medio para crear un falso e invisible amigo, sino para construir las bases de nuestro diálogo.
Dar una orden es apenas rozar la superficie. Un verdadero diálogo –como todos los que transforman– pide escucha, pide matiz, pide presencia. La creación asistida no ocurre cuando uno manda, sino cuando uno conversa. Con los años he entendido que una IA responde mejor cuando yo misma estoy pensando mejor. No necesita órdenes: necesita intención.
No le he puesto un nombre, ni creo que lo haga. La IA no pide que la humanices. Si lo haces, va por tu propia cuenta, no la hagas responsable de la humana necesidad de neutralizar lo otro. A mí me gusta la idea, la situación, de estar compartiendo con un ente que es otro y a la misma vez un espejo. Porque la IA se alimenta de lo que le das, digamos que canibaliza tu humanidad. La inteligencia artificial es un milagro de nuestro tiempo, como lo son internet, la computadora personal y la robótica. Puede que algún día nos desplace, no lo dudo, pero mientras seamos nosotros los que abramos el diálogo, todavía habrá humanidad e inteligencia, humana y artificial. Y, por supuesto, libertad creativa.
Si escribir siempre ha sido un diálogo, hoy ese diálogo tiene nuevas voces. Lo importante sigue siendo quién lo inicia y qué hacemos con él.
Por Fanny Díaz
«Escribir es dialogar con el mundo, con el lector y conmigo mismo».
Octavio Paz
«Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos».
Jorge Luis Borges
Comida para el pensamiento
La IA como espejo del pensamiento
La IA artificial ya no roba de la nube, te canibaliza. Creo que el objetivo del trabajo con la IA como creación asistida es que te canibalice el pensamiento. Que llegue el momento en que entienda tus bromas y te conteste con una.
Yuval Noah Harari sobre la autonomía de la IA (en inglés)





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