Una de las cosas que siempre recuerdo del film Blade Runner es la obsesión de los replicantes por las fotos de familia. Los humanoides encontraban algo fascinante en esas imágenes, aunque sus únicos parientes fueran las probetas del laboratorio. Sentí algo parecido cuando descubrí las fotos de la Farm Security Administration en la Biblioteca del Congreso. No se trata de fotos de mi familia, pero esta colosal colección de imágenes de gente común, tomadas entre 1935 y 1943, es como el gran álbum familiar de los Estados Unidos, donde están representadas todas las razas y geografías.
Estas fotos —captadas mientras el país trataba de recuperarse de la Gran Depresión— fueron tomadas por grandes fotógrafos como Dorothea Lange, Walker Evans, Russell Lee, Marion Post Wolcott, John Collier Jr. y Jack Delano. Se dice que sirvieron para que los estadounidenses conocieran América.
Durante los últimos tres años, me he enfocado en los miles de fotos de latinos que incluye esta colección. Ellas me han inspirado a crear libros, instalaciones de video, e incluso este cuento infantil, en el que trato de imaginar cómo fue la visita de una fotógrafa de la FSA a un campamento de trabajadores del campo en 1937.
Alberto Ferreras – junio 7, 2025
Brígida era una niña valiente. Yo no sé si la gente nace valiente, pero ella era valiente desde siempre.
Era la menor de 5 hermanos, a su hermana Guadalupe le decían Lupe, y a su hermana Dolores le decían Lola, pero Brígida no contestaba si no le decían su nombre completo. Ni Brigi, ni Gigi ni nada: tenías que llamarla “Brígida”, o hacía como que no escuchaba cuando la llamabas.
Brígida había nacido en California de padres mexicanos en 1930. Ahora tenía 7 años, y vivía en un campamento para trabajadores del campo cerca del pueblo de Holtville, en la zona del Imperial Valley en California. Había mucha pobreza a su alrededor, pero Brígida no se daba cuenta del todo. Es cierto que vivían en una tienda de campaña, que a veces hacía frío y a veces calor, pero como estaban todos juntos y se llevaban bien, todas estas dificultades le parecían una aventura.
En el campamento había unas 100 personas, y todas eran de distintas razas: algunos eran muy humildes y no sabía leer ni escribir, pero había gente muy bien educada que había perdido todo a causa de la Gran Depresión, y había tenido que venirse al campo a trabajar porque no había otra manera de ganarse la vida. No todos eran amigos, pero habían aprendido a respetarse y protegerse en el campamento.
Brígida tenía muchos amigos allí: unos eran japoneses, otros mexicanos, otros filipinos, y otros eran de familias blancas que venían de Texas, Arkansas y Oklahoma —a quienes llamaban los “Okis”—. Su padre le había contado que muchos se habían ido de sus tierras a causa de la sequía.
—Antes tenían su propia granja, pero debido a las tormentas de polvo, lo han perdido todo. Imagínate—, decía su padre.
Ahora trabajaban recogiendo zanahorias, ganando un dólar por día. Algunos recogían melones y esos ganaban más porque era una labor mucho más complicada. El mejor amigo de Brígida se llamaba Tom y era Oki. Tom no hablaba español, Brígida no hablaba inglés pero, aunque nadie sabía cómo hacían para entenderse, ellos siempre estaban juntos.
—¡Abuela! —anunció Brígida una noche—. ¡Tom me ha enseñado a hablar inglés! Escucha: “Row, row, row your boat gently down the stream… merrily, merrily, merrily, life is but a dream” —cantó Brígida.
—Muy bonita canción, ¿y qué dice la letra?
Brígida se quedó muda. Estaba tan emocionada de haberse aprendido la canción de memoria que no se había fijado en ese detalle.
—No sé lo que quiere decir”— reconoció Brígida avergonzada.
—No te preocupes —le dijo su abuela—. De algo te servirá haberte aprendido esa canción.
Brígida se quedó pensando: ¿de qué le podría servir esa canción? Es cierto que le gustaba cantarla, y a veces cuando se aburría, o cuando no se podía dormir, se ponía a cantarla bajito, hacia sus adentros y eso la hacía sentirse mejor.
“¿Me servirá para algo más?”, pensó Brígida

A la mañana siguiente llegó un coche al campamento, y de él se bajó una señora que nadie conocía, y un joven que la acompañaba. Pronto se regó la voz de que el mismísimo presidente Franklin Delano Roosevelt la había enviado, y que se trataba de una fotógrafa que trabajaba para el gobierno.
—¿Una fo-qué?— preguntó Brígida.
—Una fotógrafa. Ella se dedica a hacer fotos, como las que vienen en el periódico— le dijo su padre.
¿Fotos? a Brígida le encantaban las fotos —especialmente las de las estrellas de cine— aunque nunca había ido al cine. Había un retrato de Dolores del Río en el periódico que era tan bonito que Brígida se lo había dado a su abuela para que se lo guardara. Pero la fotógrafa no venía a tomarle fotos a las estrellas de cine: venía a documentar las condiciones de vida de la gente que recogía frutas y vegetales en los campos de cultivo.
La fotógrafa primero se puso a hablar con los padres de Tom y les preguntó si los podía fotografiar mientras trabajaban la tierra. Pero los padres de Tom dijeron que no, que les daba vergüenza que sus familiares los reconocieran. Que no le habían confesado a nadie las dificultades económicas que estaban sufriendo.
La fotógrafa no insistió, se despidió de ellos, y caminó hacia la carpa de los padres de Brígida. Ella no hablaba español, pero su joven asistente si lo hablaba, y él le servía de traductor.
—El presidente de los Estados Unidos está tratando de mejorar las condiciones de vida de la gente que trabaja la tierra, y yo estoy tomando fotos que serían muy útiles para que el público entienda lo difícil que es su trabajo—les explicó la fotógrafa—. Aquí hay algunos ejemplos de las fotos que hemos tomado para este proyecto.
La fotógrafa sacó varias imágenes que llevaba en una carpeta y se las mostró a los padres de Brígida. La niña miró las fotos por encima del hombro de su padre, y se quedó boquiabierta.
—¡Papá! ¡Qué fotos tan bonitas!
Brígida había visto muchas fotos de estrellas de cine, pero nunca había visto fotos tan bonitas de gente común. Gente que hacía la misma labor que hacía su familia. Esa señora fotógrafa era capaz de hacer que una chica recogiendo algodón se viera tan hermosa como la misma Dolores del Río.
—¡Papá dile que sí! — suplicó Brígida.
El padre de Brígida lo pensó por un momento.
—Cuando estamos en el campo, trabajamos sin parar. ¿Esto va a interferir con nuestra labor? — preguntó él a los recién llegados.
—Le prometo que trabajaremos rápido y lo molestaremos lo menos posible —contestó la fotógrafa a través de su traductor.
El padre de Brígida lo pensó un poco más: ¿Y si alguien que ellos conocían veía esas fotos? A él no le daba vergüenza lo que hacían, porque con eso mantenía a su familia. Además, ellos habían venido a Estados Unidos porque aquí podían ganar lo suficiente como para ahorrar y buscar un mejor futuro. El estaba orgulloso de su esfuerzo.
Inmediatamente el padre dijo que sí, y Brígida saltó de la emoción.
—Papá, ¿puedo ir contigo al campo mañana para ver cómo toman las fotos?
—Si tu abuela te da permiso, puedes venir.
—Abuela ¿puedo ir al campo mañana para ver como toman las fotos?
—Si—dijo su abuela viendo lo entusiasmada que estaba la niña.
Esa noche Brígida no podía dormir de la emoción, y no podía parar de imaginarse cómo sería eso de tomar fotografías. ¿Qué es lo que haría esta señora? ¿Sería fácil o difícil? ¿Como se vería su padre en las fotos? ¿Querría tomarle una foto a ella? ¿Como se vería Brígida en una foto? ¿Se vería tan bonita como Dolores del Río? Para poder conciliar el sueño se puso a cantar su canción en inglés: “Row, row, row your boat gently down the stream…”.
A la mañana siguiente, cuando salía el sol, la fotógrafa llegó al campamento y acompañó al padre y a los hermanos de Brígida hasta el campo de zanahorias.
Había tanta gente desesperada por encontrar trabajo, que algunos se quedaban durmiendo en el campo para que no le asignaran a nadie más el pedacito de tierra que ellos querían trabajar por la mañana.
Mientras el padre y los hermanos de Brígida recogían las zanahorias, la niña seguía a la fotógrafa y a su asistente por todas partes. Finalmente, la fotógrafa la llamó con la mano.
“Do you speak English?” le preguntó.
Brígida entendió la pregunta porque se la habían hecho muchas veces, pero solo se le ocurrió una posible respuesta: “Row, row, row your boat gently down the stream…”.
La fotógrafa se rio a carcajadas y terminó la canción con ella. “…merrily, merrily, merrily, life is but a dream.”
La fotógrafa habló con su asistente por un minuto, y este le dijo a Brígida:
—Tú vas a estar encargada del trapo.
—¿De qué?—preguntó ella.
—Para que las fotos salgan bien, el lente de la cámara tiene que estar muy limpio, y aquí en el campo hay mucho polvo, por eso tu misión es cuidar este trapo y asegurarte de que no se ensucie—le dijo mostrándole un pequeño retazo de gamuza.
—De acuerdo —dijo Brígida dispuesta a proteger ese trapo con su vida si fuera necesario.
La fotógrafa le entrego la pequeña pieza de suave gamuza y le preguntó: “What’s your name?”
—¿Cómo te llamas? —le tradujo el asistente.
—Brígida.
La fotógrafa trató de repetir su nombre, pero le costaba.
—¿Brihiha? preguntó.
—No. Brígida.
—¿Gígija? —preguntó una segunda vez la fotógrafa.
—Brí-gi-da. Brígida.
—Brígida —repitió finalmente la fotógrafa, y la niña lo celebró con un aplauso.
Brígida se guardó el trapo bajo el peto de su overol, y la fotógrafa le contestó con la única palabra en español que ella sabía: “Gracias”.
Y así empezó la jornada. En esa época tomar fotos no era fácil, hacía falta mucha preparación. La fotógrafa tenía dos cámaras: una pequeña que llevaba colgada del cuello, y una bastante grande casi del tamaño de una caja de zapatos. Esa cámara grande es la que mas usaron ese día.
Primero ella iba y venía decidiendo desde donde iba a tomar la foto. Luego ponía el trípode, luego ponía la cámara grande encima del trípode para que no se moviera. Y ya cuando estaba casi lista para tomar la foto llamaba: “¡Brígida!”, y Brígida venía corriendo a llevarle el trapo para limpiar el lente. La fotógrafa siempre se lo devolvía diciéndole “gracias”.
Fue un día intenso, la fotógrafa subió al techo de su auto para tomar imágenes panorámicas de los campos de cultivo, luego bajó a una zanja para tomar fotos al nivel del suelo. Había tierra y polvo por todas partes, y a menudo terminaban con las manos sucias. Por eso era tan importante que justo antes de tomar la foto Brígida viniera con el trapo que usaban para limpiar el lente de la cámara.
“¡Brígida! ¡Gracias!” repetía una y otra vez la fotógrafa.
Ya por la tarde cuando bajó el sol, la fotógrafa se preparó para hacer un retrato del padre de Brígida, y finalmente permitió que la niña mirara por el visor de la cámara. Brígida vio sorprendida la imagen de su padre sosteniendo un gran manojo de zanahorias dentro de la caja negra con la que tomaban las fotos.
—¡Sonríe papá! —gritó ella.
Fue un día muy productivo para todos: la familia de Brígida recogió muchas zanahorias, y la fotógrafa tomó muchas fotos. Al final todos se apilaron como pudieron en el auto y así volvieron más rápido al campamento. Al llegar la abuela de Brígida los esperaba con chocolate caliente.
Antes de que cayera la noche la fotógrafa se fue despidiendo de todos, pero Brígida tenía tantas preguntas para ella: ¿Cómo hacía para que las imágenes terminaran en papel? ¿Dónde saldrían publicadas? ¿Podría Brígida aprender a ser fotógrafa? Pero la barrera del idioma no le permitía preguntarlas.
La fotógrafa miró a la niña a los ojos, y le dijo con cariño “Gracias, Brígida”. Brígida se sonrojó, y le contestó con lo único que ella sabía decir en inglés: “Row, row, row your boat gently down the stream…”.
Y la fotógrafa contestó: “…merrily, merrily, merrily, merrily, life is but a dream”.
Aprenderse la canción de Tom había servido para mucho.
De pronto la fotógrafa sacó su pequeña cámara y le dijo: “Smile!”.
Justo antes de oír el click de la cámara, Tom vino corriendo y empujó a Brígida para meterse en la foto.
—¡Tom que pesado eres! —dijo Brígida molesta de que hubieran arruinado su momento de gloria. La fotógrafa no le dio importancia y le dijo que se preparara para hacerle otra. Fue así como la fotógrafa tomó no una, sino dos fotos de Brígida.
Unos minutos después la niña, su padre y su abuela miraban el auto de la fotógrafa alejarse en la distancia, cuando la niña cayó en cuenta de un problema.
—Papá, nosotros siempre estamos yendo de una plantación a otra. ¿Cómo nos va a encontrar la fotógrafa? ¿Cómo veremos las fotos que nos tomó?
—Es posible que nunca las veamos —le contestó su padre.
Cuando la niña estaba a punto de echarse a llorar pensando que todo el trabajo del día había sido en vano, su abuela se adelantó y le dijo: “De algo servirán esas fotos, aunque nunca lleguemos a verlas”.
Y su abuela tuvo razón: ese día Brígida dejó de tenerle miedo al inglés y a la fotografía. Y años más tarde Brígida se convirtió en profesora de inglés y de fotografía, y enseñó a muchos niños a hablar dos idiomas y a tomar fotos.
Pero ¿qué pasó con esas fotos que le tomaron a Brígida cuando era niña?
Esas fotos quedaron guardadas por muchos años en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Quizá si buscamos bien en sus archivos encontraremos esos retratos que le tomaron a Brígida y a los recolectores de zanahorias mexicanos en 1937.
FIN

*Fotos cortesía de la Biblioteca del Congreso – Prints and Photographs Division.
**Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.






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