
Alguna vez alguien me dijo que en las caídas tienes la oportunidad de sopesar –o encontrar– aquello a lo que no estás dispuesto a renunciar. Entonces debes asirte a eso, que es lo esencial para ti, o al menos lo es en ese momento, porque casi todo en la vida es pasajero, incluso lo esencial. Y como cada uno de nosotros es distinto y muta, lo esencial también será distinto para cada quien, en distintos momentos.
Asirse a algo –un poder superior, un sueño, una meta– es una de las maneras en que la vida se abre paso, me parece. Es una manifestación del instinto de sobrevivencia que forma parte de nuestra conformación como ser vivo. Podría parecer un autoengaño, una versión más sofisticada del amigo invisible que todos tuvimos en la niñez, pero si no nos hacemos los cínicos de pacotilla ese asirse a algo no tangible nos puede rescatar de nosotros mismos y de esa fuerza destructiva que también forma parte de nosotros.
Entonces la tarea es descubrir eso esencial, protegerlo a como dé lugar, y usarlo como palanca para levantarse. Y sobre todo es imperativo protegerte a ti mismo de las voces en tu cabeza y a tu alrededor que murmuran palabras traicioneras como «soñador, desmesurado, descolocado, despierta». Palabras que pueden cambiar tu trayectoria como ser humano. Más desconcertante aún, con frecuencia hay que protegerlo de gente con buenas intenciones que no entiende que para levantarse necesitas un acopio de fuerzas más allá del «¿por qué lo haces tan complicado?».
Y así te caes, te pierdes, te tomas el tiempo para descubrirte (o redescrubrirte) y regresar a ti mismo. «Lo esencial es invisible a los ojos» le dijo el zorro al principito de nuestra infancia. Y algo sabría él, porque los animales suelen entender las cosas mejor que los seres humanos.
Algo más: las medidas que tienes que tomar para resolver el desorden, son eso: disciplina y voluntad de poder, no castigos del cielo por haber tomado decisiones equivocadas en el pasado.
El trabajo es encontrar un equilibrio entre lo que queremos y lo que estamos dispuestos a hacer, a dar, para que se haga realidad. Otras veces, levantarse es el fin en sí mismo. No importa para qué, hay una voz interior que te insta a no dejarte vencer. «No hay lugar para la derrota», susurra la voz, y aunque no deseas escucharla ella al final te convence. No dejarse derrotar se convierte en un fin en sí mismo porque la vida se abre paso.
Y si puedes hacerlo realidad y convertir tu vida en un homenaje a eso esencial para ti, con intención y propósito, tanto mejor. Después de todo, en este viaje siempre habrá caídas.
Por Fanny Díaz
Imágenes: estas ilustraciones fueron creadas con IA generada por canva.com
Hay días e incluso épocas en los que no quiero hacer nada. Días en los que aquel «ni un día sin una línea» parece un objetivo difícil de cumplir. Entonces apareces tú, nuevo suscritor, nuevo lector, y me levanto. Salgo de mi cueva






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