Fannydades 2.1

Escritos Ciudad Levedades

Historias de hora de la comida

Últimamente me pregunto, con más frecuencia de lo que me gustaría, si uno de los síntomas de la edad es la tendencia a entablar conversación con extraños. Y no, no una charla casual con un sexy desconocido, sino uno de esos largos “intercambios de experiencias” que lo obligan a uno a esculcar en la memoria, a prestar atención a historias ajenas, a ponerse en el lugar del otro.

Creo que (todavía) no soy uno de esos personajes que necesitan hablar de su vida con desconocidos, aunque a veces me he sorprendido contándole a un apenas conocido algún asunto que quisiera compartir con alguien, pero a la vez mantenerlo fuera del ámbito de los juicios y advertencias a los que son tan proclives los amigos cercanos. Por eso sé que uno tiende a contarle ciertas cosas a gente que está de paso. Hay algo liberador en hablar con desconocidos, alguien de quien no tienes más referencias que el aquí y ahora, y por tanto no tiene interés en juzgarte o en cambiarte a su medida. Y por más que luego éste comentara las confesiones de un desconocido “que me encontré hoy por casualidad”, no pasará de ser una anécdota, quizás una ficción, un ejercicio creativo de alguien con quien lo más seguro jamás volveremos a toparnos.

Todo el mundo “está en lo suyo” y no hay tiempo para el otro. Hasta las familias, atrapadas en interminables colas que retrasan su llegada a casa, prefieren mantenerse a distancia de los pequeños dramas individuales. Y la gente sale a buscar el oído de la ciudad. Eso me recuerda a uno de los últimos personajes de Mastroianni: un hombre envejecido y solitario (¿no se han vuelto estas dos condiciones cada vez más sinónimos?) atraviesa el país en tren para ver a su hija, a quien imagina una exitosa modelo. Durante el viaje el orgulloso padre insiste en compartir con sus distintos compañeros de asiento las imaginadas virtudes de los hijos lejanos, obviamente nada interesados en las necesidades paternas. Aquí, sin embargo, la gente va a las ferias de comida rápida. ¿Dónde, si no, comería en una misma mesa con un perfecto desconocido?

Aunque estos encuentros también suelen suceder en las camionetas, el metro, los bancos, los consultorios, las colas de los supermercados, o cualquier otro sitio que implique una espera junto a personas con las cuales de otra manera jamás compartiríamos un momento, las ferias de comida rápida son el lugar idóneo, porque la mesa es por excelencia el lugar de compartir, de “masticar”, no solo comida. La pintoresca aglomeración que éstas suelen ser las convierten en la locación perfecta para pescar un oído generoso. Pese a no frecuentar demasiado estos lugares, he sido depositaria de innumerables historias y terapeuta de unos cuantos extraños.

Desde muy joven, mucha gente a mi alrededor me ha tomado de confidente. Debe haber algo en mí que a leguas grita: “Soy toda oídos”. Basta sentarme con un capuccino, sin hacer nada especial, para que inmediatamente alguien se siente a mi lado e inicie una conversación, y minutos más tarde, sin apenas haber abierto la boca, conozca su pasado, su presente y sus más recónditos sueños. La verdad, casi nunca soy yo quien da el primer paso. Hablar no es una de mis especialidades. Pero escuchar, eso sí se me da bien. No solo porque soy curiosa, sino porque propiciar que el otro se despoje de un peso, de la máscara que todos llevamos cada día para protegernos, me parece un acto de generosidad. Una de esas acciones que probablemente contribuyan a remendar el mundo.

Hablar de sí mismo a un desconocido puede que no sea un acto de gran valentía, dado el bajo riesgo que entraña “desnudarse” emocionalmente ante alguien que es, en principio, indiferente a cuanto nos afecta. Pero verbalizar lo que nos preocupa o nos hace felices en ese momento es un acto de secreta rebelión contra las reglas de contención, es una pequeña excursión a esas zonas un tanto borrascosas que todos tenemos. Así que la próxima vez que te sorprendas confesándote ante un desconocido, no te sientas en falta. Aprovecha ese oído para oírte a ti mismo, y si luego esto te envalentona para repetir similar ejercicio con tus seres queridos, habrás encontrado el camino de regreso a casa, no importa cuánto tiempo hayas estado en cola.

Fanny Díaz

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Esta entrada fue publicada en abril 27, 2012 por en Uncategorized y etiquetada con , , , .
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