Fannydades 2.1

Escritos Ciudad Levedades

Otra de la memoria

En un mundo que ofrece casi todo listo para llevar, hay figuras que parecen fuera de lugar, anacrónicas. Una de éstas es el oficio de modista. El diccionario dice que se trata de una ‘persona que tiene por oficio hacer trajes y otras prendas de vestir para señoras’. Mientras tanto, una costurera es una ‘mujer que tiene por oficio coser, o cortar y coser, ropa blanca y algunas prendas de vestir’. A primera lectura la diferencia estribaría sobre todo en el color de las prendas que realizan, una sutileza que no tiene mucho sentido en esta época de colores vibrantes y estampados inauditos. Yo personalmente no me imagino un artesano que pudiera vivir de sólo fabricar ropas blancas.

Las abuelas, sin embargo, tenían muy clara la diferencia entre ambas: una modista podía reproducir casi cualquier cosa que le llevaran (en particular los modelos de aquellos ‘figurines’ que pululaban en las casas de toda señora respetable) y además agregarle el ‘toque personal’ de cada clienta, mientras las costureras hacían las ropas de andar en casa y la de los niños. Ahora éstos tienen sus propias líneas de moda adaptadas a los distintos gustos infantiles, y la sola insinuación de llevarlos a medirse y ajustar una prenda a medio hacer podría llegar a convertirse en el preludio de una guerra mundial intergeneracional.

De tantas historias del pasado que pueblan mi imaginario, una de las que más me conmueve todavía es aquella de la modista que en el antiguo Marruecos iba a casa durante todo un día. Las señoras solían anotarse en una lista con mucha anticipación al evento para el que querían el traje, pues, como se sabe, la elegancia no admite improvisaciones. Además, las buenas modistas siempre han sido escasas, por lo tanto lograr una cita con una de ellas requería empeño, y no pocas veces una recomendación (o ‘palanca’, diríamos en la Venezuela de hoy).

En la fecha acordada la modista y su asistente llegaban a casa de la clienta, quien las esperaba con el normal entusiasmo de quien ha aguardado esta oportunidad por semanas, sino meses. Durante aquella jornada la modista cortaba, armaba, medía, ajustaba y pespunteaba, sin que la clienta tuviera que moverse de casa. Pocos días más tarde la asistente volvía con la pieza ya confeccionada, que terminaba de amoldar al cuerpo de la flamante dueña. A mí, para quien ir de compras resulta incluso más gratificante que estrenar, la historia de ese día de confección personalizada in situ es uno de los mejores cuentos de hadas alguna vez narrados. Por supuesto, sobra decirlo, no era necesario ningún evento especial para contratar a la modista.

Debo decir que en mi niñez no hubo ninguna modista, ni aun siquiera costurera. A mi abuela le gustaba coser de vez en cuando, y toda su ropa era hecha a la medida, pero yo nací en un momento en que ya los gustos infantiles se inclinaban por pantalones de jeans vinotinto, franelas anaranjadas y medias de rayas gruesas (¡vaya fachas!). Sólo una vez accedí a estrenar un vestido de flores con pechera corrugada, y eso porque las Trillizas de Oro (¿alguien las recuerda?) no se quitaban uno de encima. En esa ocasión mi hermana y yo fuimos por primera vez a la modista. Quedé enamorada de aquel ritual femenino de escoger telas, adornos, medir, cortar, pegar, y finalmente ajustar la pieza al cuerpo, como un guante, de manera que se hacía casi imposible que alguna prima te lo pidiera prestado. Definitivamente, aunque copiado, aquel vestido era una prenda personal. Mi primera pieza ‘de marca’. Desde entonces tengo especial apego por la ropa hecha a la medida.

Hablar con una buena modista es una lección de estilo. Palabras como ‘sofisticado’, ‘simetría’ y ‘proporción’ son parte de su vocabulario cotidiano, y al menos por un rato uno tiene la sensación de haber vuelto a esos tiempos en que las mujeres éramos libres de concentrarnos en cosas en apariencia intrascendentes sin la menor culpa.

Es casi seguro que en unos pocos años el oficio de modista haya quedado atrás, enterrado bajo cerros de ropa china comprada por peso en las ferias internacionales. Sin embargo, quizás algunas reminiscencias como la de hoy queden en esa ‘memoria cultural femenina’ que junta las historias colectivas con las personales: biografías de mujeres de aquí y allá en un mundo que se mueve cada vez más deprisa.

Fanny Díaz

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Esta entrada fue publicada en septiembre 6, 2011 por en Uncategorized y etiquetada con , .
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