Fannydades 2.1

Escritos Ciudad Levedades

Ni lo uno ni lo otro

Es domingo y se me antoja quedarme en casa. No importa cuántos fines de semana pasen, aparentemente iguales, para mí la casa es siempre la opción ideal. Me arrellano un poco más entre las sábanas, decidida a disfrutar de la molicie del día. Afuera, adivino las familias que van al parque o al restaurante preferido de los niños. Más allá se escucha la voz relajada de quien tiene toda una mañana –la única de la semana, por cierto– para dedicarla a lo que quiera, y ha escogido trotar con sus vecinos alrededor de la cuadra. Por un momento tengo la sensación de estarme perdiendo un buen pedazo de diversión, pero el instinto primario de flojera dominguera puede más.

Cuando abro de nuevo los ojos, ha pasado media mañana. ¿Me estaré convirtiendo en un ejemplar de esos para quienes la casa es el único lugar aceptable, otro número en las estadísticas de preocupación mundial? Me calmo a mí misma con el argumento de que estoy en el corazón del tercer mundo, donde no suceden esas cosas. Ni siquiera tenemos estadísticas confiables. La gente como yo se queda en casa porque es más seguro, económico y a la carta: aquí casi todo ha sido pensado para mí, por mí. Interesante… es la misma razón que dan los estudiosos para preocuparse por una creciente ola de personas de edad intermedia que se envuelven en sus viviendas-capullos. Refugiados en una versión “adulta” de útero, prefieren desarrollar la vida entre cuatro paredes. Confortable, sí, pero despojada de esas contingencias que vienen de la relación con otros seres humanos, tan necesarias para la buena marcha del colectivo.

Las investigaciones muestran que no estamos ante un aislamiento total, como en las viejas novelas de ciencia ficción, donde la gente se desligaba de sus semejantes gracias a “casas inteligentes” y comidas en píldoras. Se trata más bien de personas que prefieren permanecer en sus casas el mayor tiempo posible, que reducen al máximo su círculo íntimo para minimizar la posibilidad de que su cotidianidad se vea “intervenida” por otros, de manera que su círculo vital –que por supuesto incluye lo social– se ve circunscrito al espacio doméstico, a donde incluso con no poca frecuencia se traslada también el trabajo. La Casa… Les ha dado por llamarlas “capullos” porque se han convertido en envolturas hechas a la medida, cada vez mejor equipadas para la vida autónoma que soñaron o temieron nuestros abuelos.

Aunque esta descripción sigue sin parecerme un fenómeno muy tropical, tengo que admitir que sin mucho esfuerzo encuentro a mi alrededor cada vez más gente atrincherada tras rejas y equipos de vigilancia. En lugar de píldoras nutritivas tenemos líneas 800-delivery y compras por la red: desde cocteles y películas traídas a la puerta, hasta el mercado semanal. En nuestro caso, sin embargo, no parece ser un estilo de vida, sino una situación forzada. El ansia de seguridad pareciera la razón principal; el terror gana la partida poco a poco. Por eso hay tantos que no están contentos con esta vida “aséptica” que hemos ido construyendo como refugio. El estricto orden puertas adentro protege del caos circundante, pero uno siente que va por la vida con excesiva previsión, con miedo a pisar demasiado fuerte, a romper un precario equilibrio, a que cualquier encuentro más o menos desafortunado disloque la efímera belleza que tanto ha costado conseguir. Para mí tiene lógica este esfuerzo por resguardarse. La calle brinda chispazos de belleza, pero también acecha lo sórdido, la amenaza.

Vaya, quizás tengan razón quienes se preocupan por este progresivo aislamiento. Es sorprendente la cantidad de argumentos que alguien como yo puede encontrar para justificar una escogencia. Y menos mal que todavía tengo la claridad para darme cuenta de que se trata de una opción y no de algo forzoso. Menos mal que todavía puedo decidir agarrar el teléfono para compartir el pedacito de domingo que me ha quedado de tanta pensadera. Un chocolate acompañado de obras de arte no estaría mal para cerrar la semana. Puede que la belleza se encuentre más en el ojo que mira, puede que le dé por revelarse en cualquier rincón de esta ciudad polvorienta, puede que tras un incendio del cerro el verde se abra paso con más fuerza… ¿Es posible que de nuevo los grandes filósofos criollos tengan razón con aquello de “ni tan calvo ni con dos pelucas”?

Fanny Díaz

Viñeta: Moebius

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Esta entrada fue publicada en junio 20, 2011 por en Uncategorized y etiquetada con , .
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