Fannydades 2.1

Escritos Ciudad Levedades

Siempre Carmen

Es un decir común que el primer encuentro con la ópera es radical: define una relación de amor o rechazo luego apenas reversible. Supongo que, como toda creencia, tendrá algo de cierto. Creo que soy una muestra de un caso intermedio. La verdad, no sé mucho de música ni entiendo de arias y pocas veces me he animado a traspasar los límites del coqueteo con un género que no tiene aficionados, sino amantes. Sólo Carmen despertó en mí una pasión lo suficientemente fuerte como para seguirla casi hasta el fin del mundo. Me temo que fui seducida más por el personaje que por la obra, como debe haberle sucedido a unos cuantos.

A Carmen, la cautivadora gitana que fue la perdición del pobre Don José, no le cuesta mucho conquistar. Va por la vida tomando lo que quiere, no en plan de mujer fatal sino de alma libre, que no resiste ataduras ni amores grises. Paradójicamente, ella cree en el amor, en que su influencia está más allá de uno mismo y que no se puede luchar por él ni contra él: “El amor es un pájaro rebelde que nadie puede domesticar, y es inútil que se le llame si le conviene rehusarse… Crees tenerle él te evita, quieres evitarle él te sujeta”.

Y no es que Don José me sea indiferente o sienta antipatía por él, es quizás al contrario, que me resulta demasiado cercano. Porque, seamos francos, ¿cuántos de nosotros podemos ser Carmen? La mayoría somos Don José: corremos detrás del amor, sin escuchar advertencias, pero no estamos preparados para el después, esa cruel etapa que viene tras el enamoramiento inicial, cuando vemos al otro tal cual es… y peor aún: el otro nos ve tal cual somos. En el caso de Don José y unos cuantos de nosotros, somos bastante previsibles, irresolutos, quejicosos, y por si fuera poco, vivimos en el pasado o en lo que aparentemente hemos dejado por voluntad propia, pero jamás hemos asumido con suficiente madurez. Cuando Carmen descubre al aburrido Don José mirando hacia la lejanía, le pregunta: “¿Qué miras?” y él responde que está pensando en una mujer que lo creía un buen hombre, su madre. Ante esa respuesta casi infantil, nuestra protagonista, una gitana que no se anda con tonterías, exclama: “¡Pues bien, vuelve a su lado, y enseguida!”. Como diríamos en criollo, esta Carmencita no come cuento.

Y aquí aparece otro personaje lastimoso, con el que nos topamos todos los días: la enamorada sola que persigue al hombre que dice amar, sin importarle que se haya ido con otra, más bonita, más emocionante, lo suficientemente “mala” y prohibida como para ganar la partida. Micaela busca a Don José en nombre de la madre de él, y ése es argumento lo bastante inspirador como para no darse por vencida.

Cuando Don José se va temporalmente con Micaela a instancias de una madre a punto de morir, Carmen se decide por el apasionado Escamillo, el torero. ¿Qué le atrae de éste? ¿Será su atrevimiento de haberla sabido esperar, o será ese aire de muchacho malo que reta la muerte cada día? La verdad, no creo que la Carmencita le eche mucha cabeza a sus romances, y yo menos tengo por qué hacerlo.

De ella lo que más admiro no es su facilidad para encontrar amores (aunque por supuesto, para qué negarlo, me causa un poco de envidia), sino la manera en que enfrenta las situaciones y asume las consecuencias de sus actos. Cuando sus amigas le advierten que Don José la busca y que puede hacerle daño, contesta que no huirá, que dará la cara aunque sea lo último que haga. No busca excusas ni justificaciones, porque sabe que el afecto no puede obligarse; cuando se agota, no hay nada que hacer. Tampoco pretende quedar bien con los demás a costa de sus propias decisiones; ella tiene un compromiso que está por encima de cualquier otro: consigo misma. Y en esto, literalmente se le va la vida.

Por eso a lo largo de casi dos siglos Carmen ha sido un arquetipo del espíritu libre, que no cede a manipulaciones emocionales. Habrá quien diga que lo puede hacer porque es bella, joven y caradura; yo digo que he conocido unas cuantas bellas que son esclavas y que Carmen tiene una característica que la distingue: es valiente hasta el extremo. Y eso es quizás lo que seduce, y también la razón por la que me gusta escucharla en tantas voces, y cada vez que sale una nueva versión salgo a comprar la única ópera con la que he tenido aquel célebre primer encuentro.

 

Fanny Díaz
Ilustración: Adolfo Dávila Jarke

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Esta entrada fue publicada en enero 21, 2011 por en Uncategorized y etiquetada con , .
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